26 Octubre 2009
Pablo Ramírez: entrevista gigante.

El fantasista supremo de la moda argentina no tiene mejor idea que seguir siendo él mismo. Y nos parece perfecto. Placer en monocromo, encuentros con gente fabulosa y neuras varias de un hombre que sonríe en privado.
Si pueden hacer reír a Pablo Ramírez, o verlo reír por lo menos, háganlo. Es algo encantador. O su store, en San Telmo, que es como un triunfo del buen gusto para esta República. Vayan, al menos, para toquetear prenda. Eso da placer, créanme. Todo lo que es Ramírez da placer. Su nueva colección es él mismo absolutamente, su teoría del black & white (bueno, muchísimo más black que white), y el extremismo en la silueta llevada al máximo, en formas y texturas sinuosas que pueden hacerte ver demasiado bien y sexualizarte en el proceso, desde su sótano-studio lleno de cosas divinas, muñequito de Audrey Hepburn incluído. Y si desayunar cada día de tu vida en Tifanny’s o la inmortalidad estilística de Hubert de Givenchy son una fantasía, Ramírez es fantasía absolutamente, desde que llegó a Buenos Aires en 1990, un chico raro de Navarro, provincia de Buenos Aires, que tiene más o menos unos 15 mil habitantes, o su primera colección propia, Tango, en 2001, para erigir su etiqueta como algo totalmente singular, icónico y timeless. Ah, cosas recientes: Alber Elbaz, superhéroe de Lanvin y otro monocromista del placer, lo visitó en sus últimas vacaciones en Buenos Aires, y llevó su misión al Fashion Week de Berlín. Suzy Menkes, editora del International Herald Tribune, y lo más sabio que nos queda desde Isabella Blow, corrió al backstage para felicitarlo con preguntas varias. También, adelgazó, mucho. Y mira Facebook, bastante seguido.
-El negro jamás se fue.
-¡Cada vez me gusta más! Sigue teniendo esa síntesis, ese efecto de silueta que me encanta. Es lo que quiero. No hay mucha vuelta que darle.
-¿De dónde viene?
-Son un montón de cosas, de cuando era chico en Navarro. Los colegios a los que fui, principalmente, de monjas y curas, el Instituto San José, de las Hermanas de la Divina Misericordia, y fui pupilo en el Nuestra Señora de Luján. Mi familia es católica, pero normal, no extrema. Esa tradición cristiana me influyó mucho. Lo mismo otros recuerdos de mi infancia, como mi papá, Coco, que era mecánico. Era escapar de esa realidad de pueblo chico, ir con mi imaginación.
-¿Cómo eran esas fantasías?
-Estaban en los juegos. Era un chico muy solitario, y quería imponer el orden. Hacía desfiles, coreografías. Me sentía muy diferente al resto de los chicos, y no había chance de compartir. La tele era un milagro, con tres o cuatro canales. Encontrar una película era mágico para mí. Y los libros, los clásicos de la infancia, como la colección Robin Hood. Esos me los leí todos. Era una fantasía constante.
-¿Los 80s? Ahí fuiste adolescente.
-Era vestirse, y descubrir mi identidad. Buscar en armarios, los tapados de mi abuelo, interpretar la sastrería, intervenir ropa. No estaba en Buenos Aires, para ir por la galería Quinta Avenida. En Navarro, era como un horror, un raro total. Y no era muy aceptado. Me miraban bastante mal. Una vez tuve una discusión con mi mamá, Graciela, y le dije: “Yo puedo disfrazarme de lo que yo quiero. Que ellos sigan pensando lo que quieran.” Venían a apurarme, a buscar pelea. Creo que ahora, de grande, entiendo más a mi mamá. Salía a defenderme. Y hubo un montón de fenómenos: Madonna, V Invasión Extraterrestre, Dinastía.
-¿Berlín? ¿Cómo estuvo?
-Tengo un nivel de exigencia tan grande que me produce muchos nervios. Y cuando sale tu ropa a la pasarela, está en manos de alguien que no la hizo, y puede importarle muchísimo, o no. Una modelo se tropieza, por ejemplo, y es un caos. Imaginate para mí, que soy tan obsesivo. Cuando mi trabajo no me pertenece más, me genera mucha angustia. No conocía Berlín, me faltaba verla, la ciudad es increíble, su arquitectura, todo. Ni bien terminó el desfile, el aplauso fue enorme, muy cerrado. Y en el backstage, estaba Suzy Menkes, con su libretita. Viene, se presenta y le digo: “Ya sé quién sos”. ¡Me felicitó! Y me preguntó un montón de cosas de alguien que obviamente sabe muchísimo. Me quedé mudo. A Berlín llegué por una misión comercial de Mercedes Benz, hubo una presentación en el Faena, y fui elegido, por Stephen Gan.
-¿El editor de Visionnaire? Wow.
-Ya lo había conocido a Gan, cuando presenté mi segunda colección, él había venido a Buenos Aires, con Michael Roberts, el director de moda de Vanity Fair, e Isabella Blow, imaginate. Y me elogió mucho, me habló del corte, de la línea, y ya me había publicado en Visionnaire. Así que seguí pasando el examen.
-Alber Elbaz te vino a visitar.
-Algo muy loco. Llaman un día al local, que viene Elbaz. ¡Yo pensé que era una broma! Y llegó a la hora, fue para Semana Santa. Adorable, muy amable, ¡me dijo que quería pasar a saludar! Hablamos de Saint Laurent, de cómo usaba el negro. Me dijo que admiraba lo que yo hacía acá, desde Buenos Aires, sin ningún tipo de apoyo corporativo. Fue como una charla entre colegas, pares.
-¿Nunca pensaste en dejar tu etiqueta? Es decir, no estaría mal que Elbaz te recomiende si deja Lanvin.
-En realidad, ¡todos los días! ¡Ja, ja, ja! Trabajé para varias marcas durante mucho tiempo antes de comenzar mi marca, y no hubo un plan definido. Toda mi carrera fue así: the argentinian way, adaptándome a cada paso, a lo que la situación me presenta. No trabajo con grandes metas, jamás intuí que podía llegar a montar un desfile en Berlín. Y no es que me saqué la lotería tampoco. Si tengo una oferta, bueno, la analizaré.
-Podrías conseguir unos guantes calados, unos lentes y un abanico si es que pasa.
-¡Ja! ¡No te digo que no a eso!
-Decías de adaptarte, pero, realmente, no creo que te hayas adaptado.
-Adaptarme a nivel estética, no, nunca. ¿Sabés qué? Hay tanto con lo que tengo que tranzar, que si tranzo con eso, bueno, renuncio. Hacer relaciones públicas, fotos con empresarios, con funcionarios públicos. Sonreír para una cámara. Eso no me gusta.
-Ahora estás sonriendo.
-Si, pero acá, ¡en la intimidad de mi estudio! Pero nunca en público. O acuerdos con empresas. ¿De qué me sirve casarme con una marca? Todos piden todo y dan nada a cambio. No sirve.
-Es cierto. Nunca rescindiste un centímetro de tu estética.
-Es rescatar la figura femenina, que es algo único. Que se marque, que se luzca, las caderas, la cintura, las piernas, cosas que los chicos no tenemos. ¿Sabés cuál es el chiste?
-Contámelo.
-El vestido, básicamente, no dice nada, y hace que la persona que se lo calce hable sobre sí misma. Es una declaración. Yo pienso en eso, en cada paso: en algo lindo que te haga sentir bien. Mi trabajo tiene tres momentos: armo la colección para contar una historia, después, viene al perchero, y después te metés en el probador, con ese trapo negro. Para la que no lo vivió nunca, es como una revelación. Hay chicas que vienen, y me dicen que cuando se prueban algo mío redescubren su cuerpo. Me encanta esa reacción. Se transforma en un vicio en cierto punto.
-Siempre fuiste un poco tirano con el talle.
-No es cierto. El talle 0, de modelo, solo existe en un desfile, no en mis percheros. Lo llamo talle de muerta, para chicas y chicos que miden 1,79 y pesan 50 kilos. Los cuatro talles elementales están en mi local. Y siempre trabajé para que la gente se sintiera más delgada, alta, sexy. ¡El negro estiliza, y no es mentira! Son recursos de moldería, que en una modelo se extreman. No adhiero a eso de moda con gente normal, tampoco. La moda vende ilusión, fantasía, no podés negar eso. Pero la gente que viene a comprar es normal. Hasta hay señoras que se prueban un small, pero no les queda tan bien, entonces, se prueban un medium, pero dicen: “Dejo los hidratos por una semana y vuelvo”.
-¿Vuelven?
-Creéme: vuelven. Y les queda perfecto.
-El negro jamás se fue.
-¡Cada vez me gusta más! Sigue teniendo esa síntesis, ese efecto de silueta que me encanta. Es lo que quiero. No hay mucha vuelta que darle.
-¿De dónde viene?
-Son un montón de cosas, de cuando era chico en Navarro. Los colegios a los que fui, principalmente, de monjas y curas, el Instituto San José, de las Hermanas de la Divina Misericordia, y fui pupilo en el Nuestra Señora de Luján. Mi familia es católica, pero normal, no extrema. Esa tradición cristiana me influyó mucho. Lo mismo otros recuerdos de mi infancia, como mi papá, Coco, que era mecánico. Era escapar de esa realidad de pueblo chico, ir con mi imaginación.
-¿Cómo eran esas fantasías?
-Estaban en los juegos. Era un chico muy solitario, y quería imponer el orden. Hacía desfiles, coreografías. Me sentía muy diferente al resto de los chicos, y no había chance de compartir. La tele era un milagro, con tres o cuatro canales. Encontrar una película era mágico para mí. Y los libros, los clásicos de la infancia, como la colección Robin Hood. Esos me los leí todos. Era una fantasía constante.
-¿Los 80s? Ahí fuiste adolescente.
-Era vestirse, y descubrir mi identidad. Buscar en armarios, los tapados de mi abuelo, interpretar la sastrería, intervenir ropa. No estaba en Buenos Aires, para ir por la galería Quinta Avenida. En Navarro, era como un horror, un raro total. Y no era muy aceptado. Me miraban bastante mal. Una vez tuve una discusión con mi mamá, Graciela, y le dije: “Yo puedo disfrazarme de lo que yo quiero. Que ellos sigan pensando lo que quieran.” Venían a apurarme, a buscar pelea. Creo que ahora, de grande, entiendo más a mi mamá. Salía a defenderme. Y hubo un montón de fenómenos: Madonna, V Invasión Extraterrestre, Dinastía.
-¿Berlín? ¿Cómo estuvo?
-Tengo un nivel de exigencia tan grande que me produce muchos nervios. Y cuando sale tu ropa a la pasarela, está en manos de alguien que no la hizo, y puede importarle muchísimo, o no. Una modelo se tropieza, por ejemplo, y es un caos. Imaginate para mí, que soy tan obsesivo. Cuando mi trabajo no me pertenece más, me genera mucha angustia. No conocía Berlín, me faltaba verla, la ciudad es increíble, su arquitectura, todo. Ni bien terminó el desfile, el aplauso fue enorme, muy cerrado. Y en el backstage, estaba Suzy Menkes, con su libretita. Viene, se presenta y le digo: “Ya sé quién sos”. ¡Me felicitó! Y me preguntó un montón de cosas de alguien que obviamente sabe muchísimo. Me quedé mudo. A Berlín llegué por una misión comercial de Mercedes Benz, hubo una presentación en el Faena, y fui elegido, por Stephen Gan.
-¿El editor de Visionnaire? Wow.
-Ya lo había conocido a Gan, cuando presenté mi segunda colección, él había venido a Buenos Aires, con Michael Roberts, el director de moda de Vanity Fair, e Isabella Blow, imaginate. Y me elogió mucho, me habló del corte, de la línea, y ya me había publicado en Visionnaire. Así que seguí pasando el examen.
-Alber Elbaz te vino a visitar.
-Algo muy loco. Llaman un día al local, que viene Elbaz. ¡Yo pensé que era una broma! Y llegó a la hora, fue para Semana Santa. Adorable, muy amable, ¡me dijo que quería pasar a saludar! Hablamos de Saint Laurent, de cómo usaba el negro. Me dijo que admiraba lo que yo hacía acá, desde Buenos Aires, sin ningún tipo de apoyo corporativo. Fue como una charla entre colegas, pares.
-¿Nunca pensaste en dejar tu etiqueta? Es decir, no estaría mal que Elbaz te recomiende si deja Lanvin.
-En realidad, ¡todos los días! ¡Ja, ja, ja! Trabajé para varias marcas durante mucho tiempo antes de comenzar mi marca, y no hubo un plan definido. Toda mi carrera fue así: the argentinian way, adaptándome a cada paso, a lo que la situación me presenta. No trabajo con grandes metas, jamás intuí que podía llegar a montar un desfile en Berlín. Y no es que me saqué la lotería tampoco. Si tengo una oferta, bueno, la analizaré.
-Podrías conseguir unos guantes calados, unos lentes y un abanico si es que pasa.
-¡Ja! ¡No te digo que no a eso!
-Decías de adaptarte, pero, realmente, no creo que te hayas adaptado.
-Adaptarme a nivel estética, no, nunca. ¿Sabés qué? Hay tanto con lo que tengo que tranzar, que si tranzo con eso, bueno, renuncio. Hacer relaciones públicas, fotos con empresarios, con funcionarios públicos. Sonreír para una cámara. Eso no me gusta.
-Ahora estás sonriendo.
-Si, pero acá, ¡en la intimidad de mi estudio! Pero nunca en público. O acuerdos con empresas. ¿De qué me sirve casarme con una marca? Todos piden todo y dan nada a cambio. No sirve.
-Es cierto. Nunca rescindiste un centímetro de tu estética.
-Es rescatar la figura femenina, que es algo único. Que se marque, que se luzca, las caderas, la cintura, las piernas, cosas que los chicos no tenemos. ¿Sabés cuál es el chiste?
-Contámelo.
-El vestido, básicamente, no dice nada, y hace que la persona que se lo calce hable sobre sí misma. Es una declaración. Yo pienso en eso, en cada paso: en algo lindo que te haga sentir bien. Mi trabajo tiene tres momentos: armo la colección para contar una historia, después, viene al perchero, y después te metés en el probador, con ese trapo negro. Para la que no lo vivió nunca, es como una revelación. Hay chicas que vienen, y me dicen que cuando se prueban algo mío redescubren su cuerpo. Me encanta esa reacción. Se transforma en un vicio en cierto punto.
-Siempre fuiste un poco tirano con el talle.
-No es cierto. El talle 0, de modelo, solo existe en un desfile, no en mis percheros. Lo llamo talle de muerta, para chicas y chicos que miden 1,79 y pesan 50 kilos. Los cuatro talles elementales están en mi local. Y siempre trabajé para que la gente se sintiera más delgada, alta, sexy. ¡El negro estiliza, y no es mentira! Son recursos de moldería, que en una modelo se extreman. No adhiero a eso de moda con gente normal, tampoco. La moda vende ilusión, fantasía, no podés negar eso. Pero la gente que viene a comprar es normal. Hasta hay señoras que se prueban un small, pero no les queda tan bien, entonces, se prueban un medium, pero dicen: “Dejo los hidratos por una semana y vuelvo”.
-¿Vuelven?
-Creéme: vuelven. Y les queda perfecto.





