8 Septiembre 2009
Juana de Arco: entrevista con Mariana Cortés

Con calor artesanal y colores multiformes, Juana de Arco le devuelve la inocencia al Rosedal de Palermo con su nueva colección y exporta al resto de la galaxia con la moda como colectivo y casualidad. Habla su responsable.
Juana de Arco es, por lo menos, extraño. Muy. Hay que entenderlo como una especie de antimundo de color, de fantasía barrio-tropical de nena sexualizada o no tanto, con, placer, puntilla y soltura. Un happy birthday visual donde los tonos fríos y diez décadas de diseño de moda en el sentido de una moda como tendencia evolutiva no existen. Que alguien deje de pensar en 75 años de Dior, o Helmut Lang o Martin Margiela, o cosas así, a veces, es refrescante. Y es un culto: pregúntenle a las chicas clientas que quieren muchísimo a su lingerie única, a sus piezas únicas, sus formas fluídas y nobles donde nada ajusta. Mariana Cortés fundó todo esto, hace unos 11 años, con un approach artesanalista que no se pierde, aunque expanda sus operaciones a Japón y España, o una galería de arte propia, en sus co-diseños con Dolores Barbenza y Paz Pierrestegui. Nueva colección, que sintetiza todo esto.
-Fue en el Rosedal.
-¡Tenía que ser el Rosedal! Hace dos años que vivo por ahí, y es popular, pero en otro sentido, una vida al aire libre, un encuentro a lo cercano. O sea, un picnic en el Rosedal. Viene de La Primavera, de Botticcelli, o un cierto Renacimiento que está atravesando Juana. Ya son 11 años de nuestro primer desfile, hecho en la calle El Salvador, en el local mismo, para las vecinas. Juana empezó como algo muy conectado a la Argentina misma, con lo que había, muy casero.
-La estética de Juana es timeless. Existe dentro de una burbuja, casi.
-Apunto a eso. Estudié diseño, pero me saltée moda en el sentido de lo emergente, de la tendencia, el ciclo de la moda en sí. Y me siento un poco ajena, en un buen sentido.
-Venís de provincia, ¿no?
-Exacto, soy de Arribeños, un pueblo cerca de Junín. Mi mamá era maestra, mi papá tiene un campo, con soja, trigo, maíz, vacas y todo eso. Y yo iba a la casa de mi abuela, Amanda, a la hora de la siesta, me recortaba moldes con papel de diario, teníamos un armario lleno de telas, cintas. Era un poquito eso: hacer collage. Después estudié en UBA, para perder un poco ese hábito, y retomarlo. Es una forma de trabajo.
-Llegó hasta Japón.
-El 70 por ciento de la producción va a Japón, es como si trabajáramos para ellos exclusivamente. Estamos en 15 multimarcas distintos: Tokyo, Kyoto, Nagoya, y otras ciudades. Hasta tenemos nuestro propio local en Kyoto. Lo más genial es que es Japón es muy amplio estéticamente. O sea, no todas las chicas son gothic lolitas que van por Harajuku. Usan colores muy fríos por lo general, nada más lejano de nosotros. Pero lo reciben con mucha alegría, es un trato muy especial. Me mandan regalos con cartas, qué opinan de la colección, ¡hasta sugerencias con muestras de tela!
-Implica una visión mucho más humana de la moda, horizontal. No hay una señora dictadora con sus bocetos.
-Es que es muy difícil que una prenda salga hecha por una sola mano. Pasan por 20 por lo general. Hasta las costureras deciden por el color de un hilo. Yo veo el paso que sigue, guío la tendencia, bajo información. Y no a todos les gusta lo que digo. No todo tiene que ser tan rococó. Ya apareció un poco de negro, cosa que estaba prohibida, o algunos tejidos metalizados. No toda una colección, tres chaquetas, ponele. Juana de Arco es como una panadería, con ese hacer las cosas de forma lenta. Despacio. Y no puedo pensar otra cosa que en mis recursos: ¡de ahí vienen las colecciones realmente! Betty e Isabel, mis tejedoras, por ejemplo. También tenemos un proyecto nuevo, Nido.
-¿Cómo es?
-Funciona con excedentes. Con los recortes de tela que sobran, hacemos muñecos. La gente que no sabe coser puede atar nudos. Es poner en valor el trabajo humano, funcionar en cadena, rescatar técnicas del arte popular. No es que inventamos nada. El marido de alguien que trabaja con nosotras se queda sin trabajo, y le damos esta opción. Reconstruimos y elegimos.
-Hay un lenguaje latinoamericanista en la ropa.
-Lo hay, es cierto. Viajé mucho. Bolivia, unas tres veces. Paraguay. Mucho, mucho Brasil. India también esta en la mezcla, fuimos dos veces. Europa y Japón también, pero por cuestiones más comerciales.
-¿La galería?
-Es como el alma mater de Juana. Fue y es un espacio muy solidario, para artistas nuevos, que no tenían dónde exponer o un lugar de pertenencia, como Esteban Pastorino, o Flavia da Rin, en su momento. Tratamos de ser puente, no de formalizar o vender arte, darles visibilidad, legitimarlos en cierta forma. Y los artistas mismos colaboran. Por ejemplo, de la galería, de las cosas que mostramos, vienen muchos de nuestros estampados. Tuvimos muchos padrinos, como Roberto Jacoby.
-En todo esto que me contás, no se intuye una faceta empresarial severa, por así decirlo.
-¡Ja, ja, ja! Es difícil. Es confiar y delegar también. Si hay un látigo, ponele, pero más o menos. Hace dos años, me encontré con una compañera de facultad, más formada en cuestiones empresariales. Estaba un poco acéfala, así que la llamé. En Juana, hay mucha pertenencia. La jefa de taller trabaja desde los 21, hace siete años, y abre el taller en el Abasto todos los días a las 7:30. Es como un compromiso. Ser parte.


-Fue en el Rosedal.
-¡Tenía que ser el Rosedal! Hace dos años que vivo por ahí, y es popular, pero en otro sentido, una vida al aire libre, un encuentro a lo cercano. O sea, un picnic en el Rosedal. Viene de La Primavera, de Botticcelli, o un cierto Renacimiento que está atravesando Juana. Ya son 11 años de nuestro primer desfile, hecho en la calle El Salvador, en el local mismo, para las vecinas. Juana empezó como algo muy conectado a la Argentina misma, con lo que había, muy casero.
-La estética de Juana es timeless. Existe dentro de una burbuja, casi.
-Apunto a eso. Estudié diseño, pero me saltée moda en el sentido de lo emergente, de la tendencia, el ciclo de la moda en sí. Y me siento un poco ajena, en un buen sentido.
-Venís de provincia, ¿no?
-Exacto, soy de Arribeños, un pueblo cerca de Junín. Mi mamá era maestra, mi papá tiene un campo, con soja, trigo, maíz, vacas y todo eso. Y yo iba a la casa de mi abuela, Amanda, a la hora de la siesta, me recortaba moldes con papel de diario, teníamos un armario lleno de telas, cintas. Era un poquito eso: hacer collage. Después estudié en UBA, para perder un poco ese hábito, y retomarlo. Es una forma de trabajo.
-Llegó hasta Japón.
-El 70 por ciento de la producción va a Japón, es como si trabajáramos para ellos exclusivamente. Estamos en 15 multimarcas distintos: Tokyo, Kyoto, Nagoya, y otras ciudades. Hasta tenemos nuestro propio local en Kyoto. Lo más genial es que es Japón es muy amplio estéticamente. O sea, no todas las chicas son gothic lolitas que van por Harajuku. Usan colores muy fríos por lo general, nada más lejano de nosotros. Pero lo reciben con mucha alegría, es un trato muy especial. Me mandan regalos con cartas, qué opinan de la colección, ¡hasta sugerencias con muestras de tela!
-Implica una visión mucho más humana de la moda, horizontal. No hay una señora dictadora con sus bocetos.
-Es que es muy difícil que una prenda salga hecha por una sola mano. Pasan por 20 por lo general. Hasta las costureras deciden por el color de un hilo. Yo veo el paso que sigue, guío la tendencia, bajo información. Y no a todos les gusta lo que digo. No todo tiene que ser tan rococó. Ya apareció un poco de negro, cosa que estaba prohibida, o algunos tejidos metalizados. No toda una colección, tres chaquetas, ponele. Juana de Arco es como una panadería, con ese hacer las cosas de forma lenta. Despacio. Y no puedo pensar otra cosa que en mis recursos: ¡de ahí vienen las colecciones realmente! Betty e Isabel, mis tejedoras, por ejemplo. También tenemos un proyecto nuevo, Nido.
-¿Cómo es?
-Funciona con excedentes. Con los recortes de tela que sobran, hacemos muñecos. La gente que no sabe coser puede atar nudos. Es poner en valor el trabajo humano, funcionar en cadena, rescatar técnicas del arte popular. No es que inventamos nada. El marido de alguien que trabaja con nosotras se queda sin trabajo, y le damos esta opción. Reconstruimos y elegimos.
-Hay un lenguaje latinoamericanista en la ropa.
-Lo hay, es cierto. Viajé mucho. Bolivia, unas tres veces. Paraguay. Mucho, mucho Brasil. India también esta en la mezcla, fuimos dos veces. Europa y Japón también, pero por cuestiones más comerciales.
-¿La galería?
-Es como el alma mater de Juana. Fue y es un espacio muy solidario, para artistas nuevos, que no tenían dónde exponer o un lugar de pertenencia, como Esteban Pastorino, o Flavia da Rin, en su momento. Tratamos de ser puente, no de formalizar o vender arte, darles visibilidad, legitimarlos en cierta forma. Y los artistas mismos colaboran. Por ejemplo, de la galería, de las cosas que mostramos, vienen muchos de nuestros estampados. Tuvimos muchos padrinos, como Roberto Jacoby.
-En todo esto que me contás, no se intuye una faceta empresarial severa, por así decirlo.
-¡Ja, ja, ja! Es difícil. Es confiar y delegar también. Si hay un látigo, ponele, pero más o menos. Hace dos años, me encontré con una compañera de facultad, más formada en cuestiones empresariales. Estaba un poco acéfala, así que la llamé. En Juana, hay mucha pertenencia. La jefa de taller trabaja desde los 21, hace siete años, y abre el taller en el Abasto todos los días a las 7:30. Es como un compromiso. Ser parte.





